Fe y Ciencia, ¿irreconciliables?

Por Daniel Julián Checa

Hace un tiempo asistí a una charla sobre Cosmología, donde el disertante explicó que para obtener respuestas a las incógnitas que plantea el enigmático Universo, habría que preguntarle primero a Dios, luego a los Astrofísicos, seguidamente a los Astrónomos, . . . y así continuaba una larga lista de posibles interlocutores válidos.

Al alejarse del pizarrón y contemplar lo que había escrito, muy suelto de cuerpo dijo “en realidad, no estaba muy seguro del orden de prelación de los dos primeros lugares”. 
Claro que muchos lo tomaron como un comentario humorístico, pero es sabida la interpretación real del chiste que hacía Freud según la cual, siempre se esconde detrás de una broma, un fondo de verdad.

Desde luego que es bueno y necesario tener confianza en las propias posibilidades, para cualquier emprendimiento. La investigación científica no es una excepción.

Pero así como en el entrenamiento deportivo es igualmente malo pasarse que no llegar, creo que con esta soberbia mal encubierta, se empequeñece la colosal epopeya de aquellos que, a pesar de las limitaciones inherentes a nuestra condición humana, tratan de encontrar satisfacción racional a los misterios que plantea nuestra insaciable curiosidad.

Se empequeñece a los que tratan de construir modelos teóricos que se aproximen lo mejor posible a la realidad y tratan de ser coherentes en su constante perfeccionamiento, buscando desentrañar las infinitas incógnitas que surgen a partir de cada nueva respuesta.

Nulo favor le hacen a esos gigantes, que merecen el pleno homenaje de nuestra gratitud, aquellos que ni siquiera ante la contemplación de la inmensidad cósmica, son capaces de tener humildad.

Esto me deja perplejo. A pesar de su genialidad agnóstica, se le atribuye a Louis Pasteur haber dicho que “un poco de ciencia, aleja de Dios; mucha, lo acerca a Ël”. Me parece oportuno recordarlo.

Me parece vital tener la mente abierta y ser capaz de una visión integral y global sobre el enigma de la Vida y del Universo, conciliando aspectos que tantas veces la ciencia, la pseudo-ciencia, la filosofía y la religión, tratan desde la óptica sesgada de sus concepciones particulares.

Por un lado, desde Galileo, ha pasado mucha agua bajo el puente y por otro lado, desde los aportes de Darwin a la teoría evolucionista también.

Hoy, es necesario tener claro que somos parte de un universo evolutivo que, además de la evolución cósmica (la que pretenden describir los astrofísicos), incluye la evolución biológica y la antropológica.

Total, tanto al comienzo como al final del meneado Big Bang, hay al menos hasta hoy, lugar de sobra para el Dios creacionista a gusto del consumidor, que siempre representará la solución emocional a la impotencia del hombre para encontrar otro tipo de respuesta. La fe, cualquiera sea la creencia en particular que se profese, siempre será para algunos la consecuencia de una experiencia personal (intransferible como el documento de identidad) o para otros, una “gracia”. Pero por su propia génesis, es un tema NO debatible, tanto en una charla de astronomía, como en la vida.

Pero hay que admitir que si decimos que nuestro cuerpo está constituido por los mismos átomos que nacieron en el interior de las estrellas (hierro en nuestra sangre, calcio en nuestros huesos, nitrógeno, oxígeno, etc), eso tiene consecuencias en quien escucha.

Hoy, la concepción integral de evolución (cósmica, biológica y humana) es un hecho y no una mera hipótesis. Ser “polvo de estrellas”, con conciencia y forma particular, es más que poesía. Es una realidad. Saber que en nuestro ADN, más del 98% lo tenemos en común con los chimpancé, nos coloca a mucha distancia de la época en que se estrenó la hermosa película: “Heredarás el viento”.

Afiche de Heredarás el viento, en su versión original.

Asumir las consecuencias, permite ver que no existe imposibilidad de ser científico y creyente.

No quiero extenderme más sobre este tema, porque si bien es muy rico para mi gusto, he notado que en general, no es muy aceptado.

Pero insisto, con el mayor espíritu constructivo, que en el auditorio de una sesión de observación del cielo, puede existir un abanico de personas que enriquezcan enormemente una noche compartida observacional, desde la perspectiva particular que tengan en su formación. Hace falta prepararse para dar cabida con apertura de mente y corazón a sus puntos de vista.