Enseñar a pensar – esencial para la educación

Por Daniel Julián Checa

Sí, permítaseme ser enfático en esta concepción. Incluso, estoy convencido que en mi paso por la Universidad, es lo más valioso que adquirí.

Un esquema mental apropiado, para encarar cualquier tipo de situación. No solo técnica, relacionada con el ejercicio de la profesión, sino de vida. Desde luego, esto último mucho más importante.

A riesgo de caer en lugares comunes, quiero traer a colación dos ideas fuerza: la primera, que cuando uno tiene bien planteado un problema, ya tiene el 50% de la solución. La otra es en realidad una frase del genial Bertrand Russel, cuyos libros marcaron mi formación. “La importancia del hábito del pensamiento correcto”.

Estos dos conceptos, son consecuencia de haberle dado el orden de prelación correspondiente, al “pensar”, sobre cualquier otra adquisición cultural, en el proceso de incorporar conocimientos inherentes al cumplimiento de programas de estudio.

Claro, debo aclarar que he tenido el privilegio de egresar de la Escuela Industrial de la Nación Ing. Luis A. Huergo, luego de la Universidad Tecnológica Nacional (cuando estaba, según dichos del propio Rector de la UBA, a la vanguardia de la enseñanza de la Ingeniería en el país) y luego de la Universidad de Buenos Aires, en un post grado de especialización.

Además, en tiempos en que el nivel de la educación pública era de excelencia. Uno de mis profesores del secundario presidía entonces el CONICET (Consejo Nacional de Ciencia y Técnica) e hicimos, siendo alumnos, un trabajo en conjunto, sobre la importancia de aprender a pensar, por encima de cualquier otra cosa. Docentes de lujo por cierto, que influyeron decisivamente en esa etapa tan especial de nuestras vidas, en la que se forjan nuestras convicciones, sueños, proyectos e ideales.

Volviendo a la evolución tecnológica, desde la introducción de la Regla de Cálculo, hasta la reciente aparición de una herramienta matemática para, poniendo el celular sobre una ecuación, obtener el resultado de la misma, han pasado años y mucha agua bajo el puente.

En el primer caso, el buen uso, permitió “entender” los logaritmos. En el segundo, el buen uso que está por verse en las escuelas, también podría ser positivo. La dificultad creciente, es que la capacitación y actualización docente, debe necesariamente, acompañar este tipo de desarrollo. No parecen estar dadas las condiciones para eso. No quiero profundizar en este asunto por temor a herir susceptibilidades.

Ernest Rutherford

Quiero simplemente dejar planteado el tema, copiando una anécdota, ejemplificadora y simpática:

“Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada.

Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: “Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”. El estudiante había respondido: “Lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio”.

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de sus estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: “Coge el barómetro y sueltalo al suelo desde la azotea del edificio, mide el tiempo (T) de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 1/2 por la aceleración de la gravedad por T al cuadrado. Así tenemos la altura del edificio”.

En este punto le pregunte a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó; este es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo.

Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precesión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras.

Probablemente, siguió, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia, es que

LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR….

Espero que os haya gustado. Claro, me apena agregar (ojo, esto es absolutamente de mi cosecha), que cualquier parecido con las mesas examinadoras que he conocido, es pura coincidencia.