Ciencia y Fe: otra vuelta de tuerca

Por el Ing. Daniel Julian Checa

Una publicación aparecida ayer (28/10/2016) en Facebook, motivó la replicara en mi muro,  invitando a comentarla.

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La falta de respuesta ha dado lugar a este artículo, en el que voy a expresar algunas reflexiones.

No creo que, habiendo  surgido todo  en un mismo día, pueda salir algo muy interesante.

Generalmente, es conveniente darse un tiempo de decantación y análisis. Pero  cuento en mi descargo, con el hecho que el tema no es nuevo para mí.

Al contrario.

Empiezo por poner una imagen que incluye una frase de Carl Sagan que dice: 

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Respeto totalmente la frase y obviamente a su autor.

No así la imagen con la que se publicó. Para mí, cuestiona tanto el vital sentido de “trascendencia”, como el buen gusto.

No se cómo llamarla: un montaje mentiroso, un sofisma cósmico, o lisa y llanamente una ofensa a quienes la búsqueda de un sentido a la vida, acicatea nuestro espíritu desde siempre. Me niego a considerarla una metáfora bien intencionada.

Como si esto fuera poco, mezcla  en esto a un científico  genial, que tanto hizo para ayudar a pensar. Allí va:

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Luego, mi modesto aporte (salvando las distancias, claro):

“No sé si el Universo es indiferente al hombre, pero estoy lamentablemente convencido que el hombre, mayoritariamente, si es indiferente al Universo”. 

A falta de otros aportes, voy a extenderme esperando no herir susceptibilidades agnósticas. De allí provengo, de modo que conozco el paño. Quiero expresamente aclarar que, a pesar de expresarme con énfasis conceptual, no es mi intención molestar a nadie.

Simplemente, dar mi parecer, un tanto fastidiado por la soberbia de algunas comunidades astronómicas y algunos profesionales  que se desempeñan en el ámbito observacional y/o matemático-astrofísico.

Entiendo que, confundir un modelo cosmológico con el Universo, es como confundir un poema con la poesía o una partitura con la música.

Las teorías científicas son siempre verdades transitorias a través de las cuales, intentamos desentrañar las incógnitas que nos plantea la existencia.

Así, avanzamos progresivamente sin solución de continuidad  con denodado y admirable esfuerzo, superando lentamente las limitaciones de nuestra condición humana.

Pero es fatal confundir esa modelización (inherente al avance científico, buena y efectiva con fines de estudio), con la realidad misma.

Tengo una gran esperanza en que los progresos de la neurociencia, nos ayuden a comprender los procesos mentales y emocionales esenciales, que nos posicionan como especie destacada del reino animal.

 

Intuyo, que el “sentimiento” precede siempre al “pensamiento” y confío que esa vieja y absurda caracterización que pretende definirnos como “animales racionales”, se convierta en un anacronismo.

Anhelo una etapa superadora, en la que tanto el “pienso, luego existo”, como el “siento, luego existo”, sea reemplazado adecuadamente por una concepción integradora.

Estoy convencido que el agnosticismo es natural y se corresponde, en algunos casos, con una etapa en el proceso de crecimiento, marcada por una incompleta conexión con nuestra interioridad. Esta, solo se alcanza luego de cultivar durante años, el hábito de la introspección, sincera y profunda. Esto sin ningún menoscabo de los agnósticos actuales y sin mengua de sus valores: morales, intelectuales y racionales.

Desde luego que existe también, un agnosticismo producto de una convicción medular, serena, respetuosa, auténtica y sincera; que ha contribuido y contribuye  decidida y positivamente a enriquecer el entorno social. Les debemos mucho a quienes tienen el coraje de asumirlo.

Claro que no valen aquí las generalizaciones. Menos que en ningún otro caso. Por algo se dice, con razón, que somos únicos e irrepetibles. Y esto, en cualquier aspecto de la actividad humana.

Obviamente, ¿por qué en lo cognitivo iba a ser diferente?

Todo lo contrario. Ahí también jugamos nuestras diferencias.

Pero los que amamos la naturaleza, honremos a Sagan y hagamos realmente de la Astronomía, una experiencia de humildad. No despreciemos ni nos burlemos de las respuestas emocionales, que surgen como consecuencia de la impotencia del hombre para encontrar respuestas a las incógnitas que nos plantea la existencia.

No confundamos el espíritu “religioso” propio (en mi concepto, claro), de nuestra evolución como especie; con las religiones. Lo primero (el espíritu religioso serio), es casi sagrado y lo segundo (las distintas religiones devenidas en instituciones), casi herético.

La naturaleza (el Dios de Spinoza en el que Einstein creía), tanto cercana (el canto de un pájaro, el arrullo de un río, un lago de montaña, una conífera, un valle, el mar), como lejana (macro: estrellas, galaxias; o micro: el fascinante Universo sub atómico), nos acompaña, desafía, provoca y cuestiona,  cada día de nuestra vida.

Pero esa naturaleza también nos enseña que no todo lo que vemos es real. Y desde luego que no me refiero solamente por ejemplo, al mínimo sector “visible” del espectro electromagnético.

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Algo  más sencillo como esto: Todos los días vemos “salir” y “ponerse” al Sol y a La Luna. Ambos girando a nuestro alrededor. Pero un caso es “real” y el otro no. Hoy  es natural entenderlo, porque crecimos sabiéndolo. Pero durante muchos años, no lo tuvimos tan claro.

Hay un episodio evangélico en el que Jesús le reprocha a Tomás, la necesidad de ver para creer. Lo bien que hace.

Me parece que es hora  de acercar desde ambas partes, lo mínimo necesario para un diálogo fecundo.

De un lado, tal vez un “aggiornamiento”  teológico que permita repensar a “Dios”, a la luz de los conocimientos que aporta hoy la Cosmología  moderna. Y de otro, adecuar  lo que llamamos “Método Científico”, a lo que constituye hoy  la realidad.

Pero fundamentalmente, con respeto por el que siente y piensa distinto.

¿Ves la diferencia?